Dia de playa

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Un día de verano cualquiera, al volver de la playa, mi hermana y yo nos divertimos salpicándonos en la bañera

Era mediados de Agosto y como siempre en aquella época mi hermana y yo pasábamos las tardes en la playa, desde que amanecía hasta que caía el sol. Mis padres preferían estar sólo un rato y luego perderse por el pueblo con sus amigos. Supongo que para ellos arena, sal y niños gritones durante doce horas eran demasiado.
Rebeca, Rebe, o la peque, como la llamábamos todos, era una niña traviesa y muy vivaz para su edad. Algo flacucha y con el pelo moreno cortado en media melena, no le gustaba estar quieta y hacía amigos con facilidad, aunque se lo pasaba igual de bien saltando, corriendo y zambulléndose cerca de la orilla, a su aire. A cualquier otro le habría fastidiado un poco tener que matar el tiempo cuidando de una mocosa, pero aquel año yo no estaba de humor para ir con el grupo de siempre -el motivo era una chica, cómo no- y la playa era una buena alternativa.
El plan era siempre muy parecido: jugaba un poco con Rebe, paseaba de aquí para allá sin perderla de vista, cogía un libro, lo dejaba, echaba un ojo a algún bikini especialmente sugerente… . Al mediodía subíamos al chiringuito a picar algo o sacaba las tarteras con comida que nos preparaba mi madre, y se repetían los juegos y las zambullidas hasta última hora de la tarde. La mitad del tiempo tenía la cabeza en otra parte, pero mi hermanita no era tonta y se dedicaba a llamar mi atención tirándome arena cuando hacíamos castillos, agarrándome de un pie para arrastrarme al agua o tratando de alcanzarme con alguna pelota prestada.

Un día regresamos a casa y mis padres no habían llegado todavía. Rebe subió las escaleras a trompicones, tirando la cesta de la playa por el suelo.

– ¡Yo prime! – gritó.

– ¡Rebe, no llenes todo de arena! – la reñí -. Voy a hacer algo de cenar, ¿tienes hambre?

– ¡Si! – la oí gritar arriba, con el agua de la bañera ya corriendo.

Saqué pan de molde y lo que encontré en el frigorífico. En el armario quedaba un bote de Nocilla a medio terminar, lo abrí y metí el dedo, lo chupé y me supo a gloria. Iba a repetir cuando escuché una voz a mi espalda.

– ¡Yo también quiero! – mi hermanita estaba desnuda en la puerta de la cocina. Se acercó y se puso de puntillas, con la boca abierta y sacando la lengua.

Riéndome le acerqué el dedo con Nocilla y ella lo chupó con deleite. Sus pequeños labios no dejaron ni una pizca sobre mi piel y mucho despues su lengua todavía buscaba algo más, de una forma perturbadoramente sensual. Sin darme cuenta una erección empezó a marcarse en mi bañador. Me sonrojé y por primera vez miré a Rebe con ojos diferentes.

Estaba muy guapa con su piel sonrosada y las marcas del bañador más pálidas delineando su cuerpo. Otras niñas de su edad no tenían pudor en estar en la playa sólo con la parte de abajo del bikini, pero Rebe era extrañamente pudorosa y prefería el de una pieza. Sus pechos eran pequeños y redondos, con pezones como botoncitos sonrosados. Si con sus años ya tenían esa forma tan bonita, no quería pensar cómo sería su escote a los dieciocho. su vientre era liso, su culo pequeño y respingón, ahora con un moratón en una nalga, por haberse caído jugando. Ella todavía miraba mi dedo y mi vista bajó hasta su pubis… me sorprendí al descubrir que mi hermanita tenía ya una fina mata de pelo rubio, casi transparente, que no ocultaba nada y resultaba morbosamente atractivo.

No tuve necesidad de ocultar mi erección porque para cuando me quise dar cuenta ella ya había salido de nuevo disparada hacia el piso de arriba. Dejé las cosas encima de la mesa de la cocina y me dispuse a subir yo también, todavía notando calor en mis mejillas.

Rebe chapoteaba en la bañera, y escuché el sonido del agua cayendo fuera. Le encantaba llenarla hasta arriba, sin darse cuenta de que al meterse aquello se convertía siempre en una inundación. Entré para reñirla y me la encontré cubierta de jabón, riéndose y soplando a los copos de espuma para hacerlos volar.

– Rebe, ¿qué te tengo dicho?

– ¡Perdón perdón! – dijo ella, sonriendo. Todavía tenía manchas de chocolate en los labios.

– A ver, que te quito eso – le dije, señalándoselas.

Me acerqué y ella se incorporó, salpicándome. En otro momento me habría enfadado, pero seguía con su imagen desnuda en mi cabeza y se me ocurrió una idea diferente.

– Déjame sitio – le dije mientras me sacaba la camiseta. No nos bañábamos desde que ella era pequeña, pero no puso ninguna pega. Eché las toallas de la playa al suelo, me quité el bañador y me metí en la bañera.

No intenté esconderme, sabía que la erección no iba a pasar desapercibida así que me lo tomé con normalidad, para que ella hiciese lo mismo. Se sentó y mi pene quedó frente a ella. Busqué la alcachofa de la ducha y la colgué por encima, abrí los grifos y empecé a aclararme la arena y el salitre de la playa. Rebe observaba atentamente. Había dejado de jugar con la espuma, de vez en cuando se mojaba la cabeza o se frotaba la cara pero el centro de atención había pasado a ser yo, concretamente una parte de mi anatomía.

– ¿Te has quitado toda la arena? – le pregunté. En el verano era normal que todo crujiese, incluso la comida, sobre todo por la costumbre de mi hermanita de esparcir por la casa sus tesoros de conchas, sus bañadores o sus chanclas. O simplemente porque le encantaba ese olor a sal que le quedaba en el pelo y la piel y nunca se lavaba a conciencia.

Ella asintió pero le hice un gesto para que se levantase. Se puso de pie y alzó los brazos, girando sobre sí misma como cuando la mojaba con la manquera en el jardín. Le enchufé con la alcachofa y cerró los ojos. Aproveché para observar de nuevo su cuerpecito, que era precioso. Suspiré. Mi pene ya no podía estar más duro, y tiré de él para descubrir el glande y aliviar un poco la presión.

Mi hermana abrió los ojos en ese momento y se quedó mirando, con gesto divertido. Se puso bajo el chorro, de la ducha, abrió la boca y me escupió el agua recogida, riéndose.

– ¿Por qué está eso así? – preguntó, señalando mi pene. Lo decía sin malicia, y yo tenía muchas opciones para contestar. Opté por la más sincera posible.

– Pues… cuando a un chico le gusta una chica, le pasa eso – dije, sin creer lo que salía de mis labios.

– Ah. ¿Y yo te gusto? – ¿Fue mi imaginación o tenía los ojos especialmente brillantes?

– Si, es que eres muy guapa.

Rió y se giró, poniéndose colorada. Pensé que había salido del paso con bastante dignidad, y no le había dicho ninguna mentira.

– ¿La puedo tocar? – dijo, volviéndose de nuevo hacia mi. No iba a escaparme tan fácilmente.

– Bueno, pero sólo un momento – respondí.

Rebe alargó la mano y cogió mi pene por la mitad, echándolo hacia atrás como me había visto hacer a mi. La cabeza roja del glande quedó al descubierto. Acomodó la mano un par de veces, como haciéndose al tacto, y repitió el movimiento, lo que me hizo temblar.

– Está suave – dijo. ¿Esto es como cuando te tocas por la noche?

Me quedé helado. Pensaba que nadie me había visto masturbarme en mi habitación, pero estaba claro que Rebe si. Solía bajar algún vídeo de Internet o poner una película. Podría haber sido entonces. O peor, quizá me había visto usar la webcam con mi ex. Pero por algún motivo no había dicho nada a mis padres, quizá intuyendo que era algo secreto.

– Si, es parecido – le respondí. ¿Cuándo me has visto?

– Una vez me escondí en el armario para darte un susto y te vi. Pero tú lo haces más rápido ¿me lo enseñas?

Tragué saliva y miré a mi hermanita, inclinada sobre mi pene, mirándome con sus ojos grandes.

– ¿Lo quieres ver?

– Sisisisi – respondió sonriendo, y se sentó en la bañera.

Yo me senté en el borde y me coloqué de manera que pudiese verme bien. Sujeté mi pene y lo acaricié lentamente, dejando que mi mano recorriese toda su extensión y descubriese el capullo al completo en cada pasada. Rebe me miraba hipnotizada, supongo que sin saber muy bien lo que estaba presenciando.

– Pones una cara rara – dijo.

– Eso es porque me gusta hacerlo – contesté. Y más si tú me miras.

– ¿Mancharás al final, como aquella vez? – soltó de repente.

Así que había visto cómo me corría y se lo había callado. Empezaba a entender el motivo, estaba intrigada por eso que hacía su hermano pero no se atrevía a preguntar. A saber desde cuándo guardaba silencio.

– Si, al final siempre se mancha. ¿Eso también lo quieres ver?

– ¡Si! – respondió sin dudar.

El agua se había aclarado y podía ver sus pechos y sus pezones duros, que quedaban al aire con cada uno de nuestros movimientos. No podía ver mucho más, pero el color de sus mejillas y sus labios entreabiertos disparaban mi imaginación. Quizá esos movimientos de sus piernas eran algo más que acomodarse en la bañera, y estaba empezando a notar un calor diferente en su interior. Imaginar a mi hermanita mojándose al ver cómo me masturbaba me excitó de forma increíble.

Aceleré el ritmo y Rebe abrió aún más los ojos. Parecía que no sabía dónde poner sus manos, las movía inquietas, apoyándose en el borde de la bañera, en el pasamanos, estrujando una esponja… . Después de un rato las metió bajo el agua jabonosa y desaparecieron entre sus piernas, lo que confirmó mis sospechas. Se puso aún más sonrojada y se estremeció.

No hizo falta mucho más, estaba a punto de terminar. Pero no quería correrme sin más. Si ya había llegado hasta allí decidí dar un paso más.

– Rebe, acércate y ponte aquí – le dije, señalando entre mis piernas. Lo hizo al momento.

Seguí masajeando mi polla cada vez con más intensidad y cuando llegué al punto sin retorno le dije:

– Mírame y abre la boquita.

Mi hermanita obedeció y en ese momento me corrí, lanzando un espeso chorro de semen contra su cara. Los siguientes salpicaron su pelo y sus mejillas, alguno voló por encima hasta los azulejos a su espalda, pero la mayoría cayeron sobre su rostro, que quedó empapado de tibia leche blanca. Me recosté hacia atrás, sintiendo todavía las sacudidas del orgasmo. Cuando volví a mirarla estaba pasando la lengua para recoger una de las gotas que chorreaban. Pestañeó al notar el sabor salado y sonrió. Lo siguiente me sorprendió y me maravilló: Rebe fue recogiendo los chorretones con los dedos para llevarlos hasta su boca y se los tragó sin dejar ni uno.

– Sabe raro – dijo al terminar. Luego se puso de pie y se inclinó sobre mi. Acercó su cara a la mía y me dio un beso pegajoso en los labios – ¿Ahora soy como tu novia?

Me quedé boquiabierto y me dí cuenta de que debía haber visto mucho más de lo que decía desde el armario de mi habitación.

– Si – contesté.

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Haciendo memoria, antes de ese día no recuerdo haber puesto crema a mi hermana nunca, aunque estoy seguro de que lo hacía cada vez que íbamos a la playa (si no mi madre me habría matado). Cómo cambian las cosas. Desde lo de la bañera, esos momentos mientras le aplicaba a su cuerpecito la protección solar se me quedaban grabados y llenaban mis fantasías nocturnas. Esperaba impaciente el momento y tenía que hacer esfuerzos para ocultar la erección que me provocaba recorrer sus nalgas o sus ingles con mis manos. Cuando nadie miraba también acariciaba sus pechos bajo el bañador, y en esos momentos Rebe entrecerraba los ojos y abría su boquita, jadeando. Al terminar salía a toda prisa hacia el agua, como si nada hubiera pasado, y yo me tumbaba boca abajo en la arena hasta que mi excitación dejaba de ser tan evidente.

Qué tiempos… y aquello fue sólo el principio del verano.

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