La tetona y la moneda

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Una mujer de grandes pechos debe demostrar con un inocente juego al director del colegio de su hija que el escote de su blusa no está a punto de estallar.

Mi casa es una casa con mucha historia, varias veces rehabilitada con todos los lujos de la vida moderna pero tiene un defecto, o una cualidad extraña y es que se oye perfectamente lo que se habla en el salón desde el desagüe del fregadero. Alguna extraña combinación de tuberías, conductos de aire y defectos de construcción.

Afortunadamente para mi nadie más conoce este su secreto, pues cuando el tapón está puesto no se oye nada, pero si por un casual me encuentro en la cocina no tengo sino que destaparlo para oír con bastante claridad lo que allí se dice.

Como ni mi marido ni mi hija sienten mucha afición por las labores del limpieza, soy la única que se sirve de esta cualidad. A veces lo usaba para oír las conversaciones telefónicas de mi marido, aunque sólo lo que él hablaba. Ahora me sirve para tener controlada a mi hija Teresa que tiene 15 años y está en una edad verdaderamente complicada.

Como aquel día en que la dejé hablando con una amiga mientras yo me iba a la cocina, bastante alejada del cuarto como para que ella pensara que podía oírlas. Las chicas hablaban de sus cosas pero su amiga María pronto empezó a sacar el tema de los chicos:

– ¿Sabes que Carlos va por ti, no?

– Alguna idea tengo. – respondió mi hija Teresa.

– Eso dicen que va diciendo.

– Pero yo paso de él. – dijo Teresa.

– Sí, Teresa, pero también sabes cómo es Carlos y la fama que tiene.

– Sí que lo sé, pero no es verdad todo lo que dicen de él, ¿No?

Desde la cocina oía con cuidado lo que allí se hablaba. Las chicas siguieron.

– Bueno, por lo que yo te puedo contar, es totalmente cierto. – dijo su amiga Maria.

– Tú estuviste con él…

– Y es verdad aquello de que conquista a quien quiere. No sé cómo lo hace pero siempre se sale con la suya. A mi no me gustaba ni nada y fíjate. – dijo María.

Los chicos jóvenes, siempre tan volubles. – pensé mientras me quitaba los guantes para oír tranquilamente. – Seguro que han estado saliendo unos días con unos cuantos besos inexpertos. – pensaba en mi ingenuidad. Pero pronto la conversación me demostró mi error.

– Es un animal de presa. Tiene una habilidad extraña, en como te mira, en la seguridad con que te habla…acabas cediendo. Yo acabé cediendo. Y luego en la cama…

– Ya me constaste. – respondió mi hija Teresa.

– En la cama te doblega por completo. No te respeta, te hace suya y acabas queriéndolo. Y luego sientes vergüenza, porque sabes que lo cuenta todo. Y porque sabes que te acabará dejando. Conmigo no estuvo ni dos semanas. – dijo María.

– A mi no me gusta y paso de él. – dijo Teresa. – Conmigo no podrá.

– Eso pensamos todas hasta que va a por nosotras. Es mucho mayor, tiene 18 años, sabe mucho de mujeres. Acabarás cayendo. Lo hará todo en clase, se sentará a tu lado, te hablará como él sabe. – dijo María a mi pobre hija. – Te acompañará a casa. Un día te entregarás a él.

– Eso no va a pasar.

– Pasará. – dijo María con cierta maldad – Y te poseerá como hizo con todas. Por la cuenta que te trae ve tomando la pastilla porque él nunca usa preservativos.

Todo lo que oía me escandalizaba hasta el punto de pensar en ir al salón a poner orden. No podía imaginar que mi hija tuviera esas amigas y esas conversaciones a tan tierna edad. Ni que la pretendieran degenerados como el tal Carlos. Siempre me había preocupado mucho de la educación de mi hija. No quería que siguiera mis pasos en el sexo. Me había estrenado muy joven, con 16 años, y la primera vez que tuve relaciones ya me quedé embarazada. Fue un infierno y sólo el continuo esfuerzo y una gran voluntad me permitieron llegar hasta donde estaba. Ahora con mis 32 años estaba en la flor de la vida. Me iba bien profesionalmente y me sentía por fin una mujer plena. Tenía una gran familia por la que pelear y desde luego lo último que quería era que mi hija tuviera unos comienzos con el sexo tan poco planificados. No lo iba a permitirlo bajo ningún concepto. Y mientras, las chicas seguían a lo suyo.

– Yo tuve suerte. – decía María. – porque de todas las veces no me quedé nunca embarazada. Eso sí, me dejaba destrozada. Y hasta me rompió mi culito.

– ¿También te la metió por detrás? – preguntó mi inocente hija.

– Desde luego, ya me avisó al principio y yo tuve que aceptar. Acabas aceptándolo todo. Y la tiene tan grande. Es muy doloroso.

Las chicas acabaron hasta apostando por la capacidad de resistencia de Teresa. Teresa apostó que Carlos no sería capaz de seducirla y su amiga no dudó en apostar en su contra, a pesar de haberla avisado. Poco después se marchó.

A mi esa apuesta no me gustó nada. Su propia amiga no haría por proteger su integridad. Hablé con mi hija sin mencionar el tema directamente y noté que a ella no le preocupaba. Pero no podía fiarme demasiado tras lo oído. Decidí ir al día siguiente a ver al director del colegio para ver si podía hacer algo.

Por la mañana me arreglé especialmente para ver al profesor. Me puse un pantalón ajustado pero no demasiado llamativo. Una blusa blanca que me quedaba estupendamente. Quizás un poco provocadora pero qué quieren que les diga, con mis enormes pechos cualquier cosa que no trate de ocultarlos ya es de por sí provocadora. Mis pechos siempre han sido causa de problemas y de satisfacciones. Los hombres se vuelven locos por esa parte del cuerpo y en mi resaltan por encima de lo demás. Como encima estoy bastante delgada, ni les cuento. Mi hija también ha heredado esa cualidad y la verdad es que tiene más problemas que yo, porque con su juventud y la ropa que hoy en día visten las chicas, es todo un espectáculo para los chicos. En eso no puedo hacer nada más que educar a mi hija para que aprenda a ser respetada.

Me sentí sexy y quise arreglarme un poco más. Me maquillé con elegancia y tomé rumbo a la escuela. Allí me recibió el director que en cuanto me vio se mostró muy solícito en ayudarme. Me llevó a su despacho y ahí le estuve contando un poco mi problema. Él estaba sentado en su sillón y yo paseaba por la sala mientras hablaba. Era una forma de que me escuchara y obedeciera, el ruido de los tacones sobre el suelo ejerce un poder hipnótico en los hombres.

Caminaba pausadamente y al tiempo iba exhibiéndome con discreción. El director se mostraba muy dispuesto a todo lo que le indicaba, que si mi hija tenía que tener cuidado, que si era una edad compleja. Que si él estaba ahí para cuidar de los alumnos. Que por supuesto examinaría el expediente de ese chico tan díscolo.

Cuanto más me concedía más dispuesta estaba yo a cederle pequeños regalos. Me paseaba de espaldas a él para que pudiera observar sin recato alguno mi firme trasero que se movía bajo el ritmo de los pronunciados tacones. Lo hacía lentamente para que pudiera deleitarse la vista y no tuviera que mirar de soslayo.

-¿Sabe cómo se llama ese alumno?

– me preguntó.

– Carlos López, está en la clase de tercero con mi hija Teresa.

El director hizo un gesto de sorpresa que me extrañó. Se quedó pensando unos segundos y dijo:

– ¿Sabe usted que Carlos López, el alumno del que me habla, es mi hijo?

De repente me sentí mareada. Llevaba unos minutos hablándole fatal sobre un chico y resulta que era su propio hijo. Me senté en la silla enfrente de la suya. Él se levantó ahora. Comenzó a pasear. Había metido la pata hasta el fondo y ahora tendría problemas.

Comenzó a hablarme sobre lo preocupado que había estado con la educación de su hijo, tanto como profesor como padre. Yo apenas podía decir nada. A todo le daba la razón, tan grande había sido mi error de no comprobar si conocía al tal Carlos.

– Carlos tiene 18 años para 19 y le cuesta pasar los cursos, pero es un chico inteligente. Él no tiene la culpa de que le guste a las chicas.

– No, claro. -dije yo. – Pero entiéndalo…

– No, entiéndalo usted. ¿Ha visto cómo viene a clase su hija y sus compañeras? Van demasiado sueltas para mi gusto. Muy ligeras de ropa, provocando.

– Bueno…

– Sí, su hija por ejemplo. ¿Controla usted la ropa que ella trae a clase?

– Mi hija siempre viene vestida muy decentemente a clase. – dije un poco enfadada

El director seguía paseando y hablándome, mirándome directamente a los ojos y forzándome a retirarle la mirada.

– Usted viste muy provocativamente y su hija toma ejemplo de lo que ve.

– No estoy de acuerdo. – le dije. – Yo visto muy correctamente, ¿O quiere que lo haga como una monja?

– No como una monja, pero. ¿Me negará usted que esa blusa está a punto de estallarle de lo justa que le queda? – dijo el director con descaro.

– ¿De qué está hablando? – dije airada. – La blusa me queda perfectamente y es usted un desvergonzado.

– ¿Ve de lo que le hablo? Luego si mi hijo no puede controlarse ante tanta compañera con las hormonas disparadas y vistiendo tan… ¡Qué quiere que le diga! ¡Le apuesto a que su camisa no soportaría ni un milímetro más de tensión!

Las formas del director habían sido intolerables así que hice por levantarme. Con suavidad me apoyó una mano en el hombro para que me volviera a sentar.

– Verá lo que haremos. – dijo con calma. – Si usted me demuestra que su blusa no está a punto de estallar yo me encargaré personalmente de cambiar a mi hijo de clase. Tiene mi palabra. Si no, me confirmará que es culpa suya porque le da mal ejemplo a su hija y dejaremos las cosas estar. ¿Le parece?

Me pareció una desfachatez lo que ese tipo decía pero la verdad es que me ofrecía una fácil forma de liberar a mi hija de los instintos de Carlos, aún cuando tuviera que ser a costa de demostrar la consistencia de mi vestuario. Me irritaba pero le dí una opción al director.

– ¿Y cómo sería esa prueba? – le dije.

– Muy fácil, yo afirmo que en su escote no cabe ni una moneda de a euro.

– Ja, ja, ja. – me reí. – Eso es absurdo, por supuesto que sí.

– Esa sería la prueba. Si yo le pongo la moneda y el botón de la blusa no cede, usted gana.

Eso era, quería aprovechar la coyuntura para abusar de mí y tocarme los pechos. Antes de que pudiera irme se corrigió.

– Yo no le tocaría, simplemente le lanzaré la moneda.

Eso me tranquilizó y acepté. Acordamos las condiciones, yo no podría moverme para esquivar la moneda, la moneda tendría que entrar en mi escote, si el botón saltaba, el ganaba, si se mantenía, lo haría yo.

Todo esto había provocado que me excitara un poco. La inocencia del juego había apartado mis molestias iniciales. Estaba claro que el director sólo quería un juego erótico y eso me gustaba. Llevábamos unos minutos hablando de mis pechos, de lo firmes que se veían en la blusa. No podía controlar que mis pezones se pusieran firmes y que esa dureza se trasparentara a través de la fina tela del sostén y la blusa.

Me preparé. El director lanzó una moneda. No pude evitar moverme un poco ante la inminencia del choque del metal con mi pecho. La moneda rebotó y cayó al suelo justo al lado de mis piernas. No me atreví a agacharme a cogerla. Tanto hablar de mi blusa y mis pechos y tenía miedo de que si me agachaba estos se salieran de su sitio. Tampoco quería que el profesor se agachara en un lugar tan comprometido para mi así que deslicé mi pierna derecha y la tapé con el tacón.

– ¿Me da la moneda para que la lance de nuevo?

– No la veo en el suelo, lo siento. Tome otra. – mentí.

– Convendrá en que ha sido culpa suya. No debe moverse o habrá que suspender la prueba. – dijo con seriedad.

– Perdone, tendré más cuidado.

– Mire, lanzo otra pero ponga las manos detrás.

Así lo hice. Me quedé sentada en la silla, con un pie sobre la anterior moneda de un euro y con las manos atrás, entrelazadas. La postura me resultaba enormemente sensual. Era una exposición total de mis pechos, a los ojos de ese hombre. El juego era tan inocente como sus intenciones y eso me provocaba una mayor excitación. Me gustaba pensar cómo tenía que apuntar la moneda mirando fijamente mis enormes tetas e imaginándoselas a través de la tenue tela de la blusa.

De nuevo lanzó la moneda y de nuevo me moví un poco cuando vi que impactaría contra mi pecho. Fue instintivo. Otra vez la moneda rebotó contra mi pecho por encima del escote y cayó al suelo. De nuevo lo hizo en un lugar comprometido y tuve que taparla con el otro tacón. De nuevo le dije que no veía la moneda.

– No podemos seguir así. Usted siempre se va a apartar.

– Lo siento, tendré más cuidado. – dije.

– No, más lo siento yo. Lo vamos a tener que dejar. – Me dijo e hizo un gesto de levantarse.

– No, insisto. – dije yo porque la verdad es que me contrariaba interrumpir el juego en ese momento. Quería ver qué ocurriría y me gustaba la situación que estaba viviendo. El director era un hombre respetuoso y me ponía a cien exhibir mis potentes pechos ante los ojos de un hombre que tenía que estar excitado.

Además, me vendría bien solucionar definitivamente el problema de mi hija.

– Cerraré los ojos y ya está. – le dije.

Pero al director no le convencía. Parecía que había perdido el interés por el juego. Decía que al final los abriría y me movería. Yo quería continuar así que le propuse que me los vendara si no se fiaba. Estuvo de acuerdo.

El director tomó un pañuelo que había en un cajón. Entonces me dí cuenta de que quizás me había pasado proponiéndole que me vendara. Ya no podía echarme atrás. Como tenía las monedas escondidas en mis tacones no quise cambiar de postura. Me vendó de espaldas. Lo hizo con más suavidad de la que pudiera imaginarse en un hombre. Luego se dio la vuelta y volvió a su lugar en la mesa. Debió hacer algunos gestos con los dedos y me preguntó si veía cuántos dedos tenía. Le dije la verdad, que era que no. Me extrañó sentir su voz como más cercana. Lo achaqué a que la repentina oscuridad me habría afinado el oído, pero también pensé que podía ser que se había recostado sobre la mesa.

Estaba arrepentida de haber aceptado. Vendada, no sabía donde estaba el director. Podía haberme mirado desde la altura de la mesa con total descaro el canalón que formaban mis pechos. Eso me gustaba, pero también me hacía sentir vulnerable. Era una situación muy morbosa.

Con estoicismo esperaba la llegada de la moneda. Mis manos seguían atrás en la silla. El director rebuscaba en su cartera y me dijo que no encontraba otra de a euro. Antes de que quisiera buscar, le propuse que lanzara cualquier otra.

– Tiene que ser de a euro, es lo que hemos hablado. – me dijo.

– Bueno, pues dos de cincuenta. – le dije en broma.

Sentí el impacto de la moneda que no me golpeó de canto sino de frente en medio del pecho. La moneda se deslizó lentamente por entre mis pechos evitando quedar atrapada en el sujetador a pesar del estrecho espacio. Sentí su calor – pues estaba inusualmente cálida – bajar por mi vientre y quedarse atrapada a la altura de la cintura.

Estaba claro que a mi blusa no le había pasado nada. Pero el profesor explicó que era una de cincuenta, que faltaban otras. Eso de otras me extrañó pero entendí que no tendría el cambio suelto. Me había gustado la experiencia, los instantes previos a recibir el suave golpe. Sentir un cuerpo caliente que invade tu intimidad sin poder hacer nada al respecto. El estar con los ojos vendados ante un desconocido. Me excitaba. Sentía la humedad que llegaba a mi tenue tanga y los pezones me quemaban en los pechos.

Volvió a lanzar otra moneda. Esta quedó atrapada en mi sujetador, cerca del pezón derecho. Debía ser una moneda pequeña, tal vez de a cinco céntimos. No dije nada más y esperé. Llegó otra que cayó del otro lado, rozando mi pezón izquierdo. Estaba cachonda perdida. Me sentía como las strippers que se dejan meter los billetes en el escote, con la exposición del que no puede defenderse. Mis manos no se movían de mi espalda, mis ojos no veían nada pero mi cabeza imaginaba demasiado. Las monedas estaban calientes, tanto como yo. Podía sentir la primera en mi cintura, las otras dos en los pechos.

Llegaron más monedas. El golpe contra mi pecho me recordaba la sensación del embestir del miembro del hombre cuando taladra tu interior. Cada golpe de moneda era un embate en una penetración prolongada. Mis labios se abrían de placer al sentir las monedas por todo mi sujetador rozando mis pechos por todas partes.

Ya habían entrado más de media docena, debían quedar pocas. No me preocupé de contarlas ni de preguntar cuándo terminaría una experiencia tan libidinosa y sensual. Sentía que las últimas monedas llegaban como con menos recorrido. Pensé que tal vez el director se había recostado de nuevo sobre la mesa. No oí nada porque todos los nervios de mi cuerpo estaban en mis pechos y en mi coño, entreabierto como mis piernas abiertas por las monedas de a euro que ocultaban mis tacones. Mis manos atrás, mis ojos cerrados aún a pesar de la venda. Sabía que el director estaba muy cerca de mi y que observaba con descaro mis pechos desde un plano privilegiado, pero eso lejos de molestarme me excitaba aún más. Mis pechos estaban como una roca, las monedas seguían fluyendo.

No se cuando empecé a gemir. Lo hice suavemente, eran pequeños sonidos cuando sentía un objeto que buscaba su sitio en mi pechera. Me sentía sucia con tanto dinero encima y al mismo tiempo tan poco. Era como una fulana barata a la que se le paga con suelto.

En algún momento sentí la respiración del director a escasos centímetros de mi boca. Fue instintivo, acerqué mis labios. Él debió retirarlos un poco. Le busqué con mi boca y encontré otra cosa más caliente. Era su polla ahí al lado. Me la introduje en la boca como pude. Estaba tan caliente que me quemaba. Se la chupé tan bien como pude. Tragaba su salado miembro con un hambre tremenda. Sentía como entraba todo su polla hasta el fondo de mi garganta, no podía evitar expulsar grandes chorros de saliva que me ayudaban a lubricarla mejor. Paraba un poco y me introducía sus testículos, los masajeaba con mi lengua y mis manos. Me la volvía a introducir entera, hasta el límite de mi garganta, tragando y tragando. Él gemía como un loco. Le daba buenos lametones desde la base hasta el mismo glande. Ahí me paraba y pasaba mi lengua por toda la superficie. Y de nuevo bien adentro.

Estuve un buen rato dándole a la lengua. Sentí que era inevitable que se corriera y así lo hizo. La abundante leche inundó mi paladar y mis dientes, todo fue para adentro y lo que no bien que me encargué de que no se perdiera. Le pasé la lengua por las comisuras de su hombría limpiándosela en cada vericueto. Había terminado como un loco, conteniéndose el hacer más ruido por estar en su despacho. En todo el proceso no me había puesto la mano encima. A pesar de sentirme tremendamente sucia me sentía respetada y en cierto modo inocente.

El semen seguía dentro de mi garganta cuando me quité la venda. En ese instante el director dio un tirón del último botón de mi blusa. El dinero fluyó como en una máquina tragaperras cayendo por todo el suelo. Mis pechos habían explotado y salido con violencia de su prisión de tela. Me quité las monedas que pude de mi sujetador, ahora avergonzada de que me pudiera ver las tetas. Saqué las que había por mi cintura. Me quise marchar precipitadamente, sin decir nada más. Traté de componer mi blusa porque no podía dejar mis pechos así. Le pedí algo para reparar la blusa. Buscó en sus cajones y me ofreció un clip. Extendí mi mano para recogerlo pero entonces lo tiró al suelo. Tuve que agacharme mientras me sujetaba los pechos con una mano, pues querían salir del sostén. Compuse como pude la blusa y me marché avergonzada pero satisfecha del despacho.

Al salir del despacho pasé cerca de la clase de mi hija. Estaban en el pasillo hablando de sus cosas. No quise acercarme con la blusa como la tenía y tras haber hecho algo como lo que hice. La observé de lejos, vi a los otros alumnos. Me preguntaba quién sería el hijo del director. No me costó averiguarlo. Había un chico más alto, más formado, mucho más hombre que los demás.

Desde la distancia los observé. El chico, no sé cómo debió darse cuenta. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Creo que me hizo un gesto con el dedo, como para que me acercara. Sentí vergüenza y quise irme. El chico se acercó a mi hija. Con naturalidad la cogió de la cintura. Mi hija no le rechazó, a mi pesar tuve que marcharme.

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