Ojos rosas

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Tan bellos como para pasar casi quinientos años buscándolos.

Eran las once de la noche y a Carolina, como ya era costumbre, la habían dejado plantada. Su novio, ese con quien estaba para, supuestamente no salir sola los fines de semana, se había quedado trabajando hasta tarde, por séptima vez en la semana. Resignada a otra velada sin compañía, pidió otra cerveza. De pronto, se percató de que un atractivo hombre la observaba, desde la mesa de al lado, de manera casi atemorizante. Luego de mantenerle la mirada unos cuantos segundos, la clavó en el vaso porque sus ojos comenzaron a arderle. Cuando volvió a levantar la cabeza, el hombre estaba sentado junto a ella. Dio un pequeño brinco por el susto y él ni siquiera se inmutó, sólo la siguió mirando con una devoción enfermiza. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Él porque no lo deseaba. Ella porque no podía; su boca estaba como sellada, por la impresión que su misteriosa presencia le causaba, impresión que sin motivo aparente, se transformaba, poco a poco, en un calor que se concentraba en su entrepierna. Él no hizo más que observarla, pero con sólo eso ella sintió que sus bragas ya estaban mojadas. No podía explicarlo, pero lo deseaba dentro de ella. Cuando estaba a punto de saltarle encima, él empezó a relatarle una historia.

“Era el año de 1522 cuando te conocí. Recorría el mundo y desembarqué en España. Esperaba encontrar una razón, una para no atravesar mi corazón con una daga. Para mi desgracia, no me había topado con ese motivo en ya varias décadas de viaje. Y es que ha más de cien años de haber llegado al mundo, tiempo que caminé en su mayoría sin vida, ya estaba cansado. No tenía a alguien con quien visitar los países que me faltaban por conocer. Con la soledad como mi única compañera, los más bellos paisajes no eran más que basura. Al principio había sido emocionante el conservarme siempre joven y fuerte, pero ya no lo era más. No hay nada gracioso en ver morir a las personas que amas, una tras otra. Saber que no podrás reunirte con ellas porque tú ya estás muerto, porque cuando tu cuerpo se convierta en polvo tu alma no irá al cielo, porque no tienes una, porque estás vacío, porque estás condenado, es el peor de los infiernos. Estaba harto. Casi rogaba por no encontrar esa razón para seguir y finalmente descansar, o al menos, de no encontrar la paz eterna, no pisar más la tierra debajo de la cual yacían mis sueños. Entonces apareciste, con tus grandes e hipnotizantes ojos rosas. Entonces se cruzaron nuestros caminos y sentí, aunque eso era imposible, que mi corazón latía otra vez.

Te movías con gracia, entre filas de gente que compraban variedad de cosas, por las calles del mercado. Estaba ahí porque entre la gente común, la que no duerme en camas con telas de seda y barandales de oro, siempre están las personalidades más interesantes, las más puras, las que no han sido corrompidas por el dinero o el poder. No me equivoqué, ahí estabas tú. Con tu cabellera negra rozando tu espalda baja. Con ese vestido, que pensé era más antiguo que yo, de igual tonalidad. Sin al menos unas viejas sandalias protegiendo tus pies. Sin una gota de maquillaje. Con tu rostro tan limpio como tu espíritu. Con la inocencia de tus menos de veinte. Con tu sensualidad dormida que me permití creer, me había estado esperando. Todos, a tu paso, volteaban a verte. No podía culparlos. Eras la criatura más hermosa que hubieran visto mis ojos. Te llamé en mi mente sin saber tu nombre y me miraste. Me miraste de tal forma…que me dieron ganas de llorar. Estaba feliz, muy feliz. Por primera vez en más en casi un siglo, sonreí. Me devolviste el gesto y caminaste hacia mí. Me diste la mano en señal de saludo y yo la besé. Mis, siempre fríos, labios se calentaron un poco con el contacto de tu piel. Abriste la boca y supe que la gloria tenía un nombre: Camila.

Quise decirte como me llamaba, pero no pude. No es que fuera falto de educación, sino que de verte se me había olvidado hasta mi nombre. Todos esos años de experiencia, conquistando a las mujeres más bellas y soberbias, no sirvieron de nada en ese momento. Supe entonces que tú no eras cualquier mujer. No tenías la personalidad engreída de una reina, pero si la belleza de una diosa. Supe que a ti no se te podía conquistar. No podía ofrecerte dinero o fama, tú lo tenías todo. Supe que eras tú la que lo hiciste conmigo. No te faltó decir frase alguna, tan sólo con mirarme ya era tuyo. Supe que eras ese motivo que con tanto afán, y con pocos resultados, había estado buscando. Todo ese tiempo de vivir en las tinieblas, quedó en el olvido al escuchar tu voz y tú corazón. La alegría que me invadía era tanta, que me volvió un torpe y a una cantina te llevé. Cualquier otra me había abofeteado, pero no tú. Tú aceptaste gustosa y, entrelazando tu brazo con el mío, caminamos hasta el poco prestigiado lugar. Nos sentamos a la barra. Pedimos un par de copas. Volví a mirarte fijamente a los ojos, para memorizar cada milímetro de ellos y recordarlos en mis tantas horas de sueño. Entonces fue que me sorprendiste. Sin previo aviso me besaste. Sentí que la vida me habías devuelto.

Fueron pocos los segundos que tus labios se pegaron a los míos, pero bastaron para convencerme de que te amaba. Te tomé de la mano y salimos del sucio lugar, sin hacer caso de los gritos del dueño, que exigía pagáramos lo que habíamos ordenado. Por un instante, cuando te llamé con la mente, me culpé de aprovecharme de tu inocencia, de tu inexperiencia, pero cuando me besaste me di cuenta de que también lo querías y los remordimientos se esfumaron. El miedo de llevarte a mi cama y causarte algún tipo de trauma, se fue cuando tu lengua entró en mi boca, indicándome que deseabas yo entrara con otra cosa. Caminamos sin prisa rumbo a la posada, sin decir más de dos palabras. Nunca me gustó hablar demasiado. Siempre pensé que las palabras quedaban fuera de lugar cuando un silencio te decía tanto, pero ninguna otra mujer lo entendió. Todas se empeñaban en llenar el más pequeño vacío con sus irritantes chillidos, pero tú no, a ti también te gustaba el silencio. Era como si estuvieras destinada a ser mía y yo de ti. Eras perfecta, pero yo era un monstruo. Lloré como un niño cuando recordé mi realidad, una a la que no podría atarte si en verdad me había enamorado. Te pedí que te alejaras antes de que te hiciera daño, pero no me hiciste caso. Me jalaste hacia un oscuro callejón. Me besaste otra vez.

Separaste mis labios con los tuyos, abriéndole paso a tu lengua, que recorrió todos y cada uno de mis dientes. Me tenías acorralado contra la pared. Ocultos detrás de montones de basura, pegabas tu cuerpo contra el mío. Tus pequeños y firmes senos se aplastaban contra mi torso. Los frotabas de arriba a abajo contra mi camisa, desgastando la tela de tu vestido, que minutos después terminó por romperse. Miré hacia abajo, sin poder separarme de tu boca, y tus pechos habían quedado libres. Podía sentir su blancura y oler su suavidad. Los tomé con ambas manos y embonaban a la perfección, como si estuvieran hechos los unos para las otras. Tú suspirabas de manera entre cortada, con mi saliva inundando tu garganta. Tus pezones, oscuros y proporcionados a tus tetas, se erguían compitiendo con la dureza de mi miembro, que palpitaba presionado por tu pubis. Dejé por un momento tus atributos superiores y me concentré en tus redondas y generosas nalgas. Rasgué esa parte de tu vestimenta y las acaricié sin barreras de por medio. Las empujé más hacia mí, para sentir tu sexo más unido a mi pene, para darme una idea de lo maravilloso que sería entrar en tu cuerpo. El constante roce de nuestras intimidades, aún por encima de las telas, era intenso y me hizo perder la razón. No pude contenerme más. Me comporté como lo que era: una bestia.

Te desnudé con lujo de violencia. Mis ojos brillaban, llenos de lujuria, incluso yo podía ver su rojizo destello en medio de las sombras. El amor había pasado a segundo término. Lo que me importaba, era poseerte hasta no poder más. Lo único que deseaba era hundir mi virilidad en tus entrañas, verter mis fluidos en tu interior, unirte para siempre a mi desdicha. Cambié las posiciones y te azoté contra el muro. Chupé tu boca, porque no fueron los labios los que use, sino mi lengua, y luego toda tu anatomía. Cubrí con mi sucia saliva hasta el rincón más escondido. Una vez habiendo hecho eso, me perdí entre tus piernas. Me sumergí en el mar que era tu vulva, bebiendo sus embriagantes aguas, saboreando cada pliegue de su superficie y fondo. Tú cerrabas tus ojos. Gemías sin detenerte, como si supieras que debajo de toda esa rudeza, había un ser rogando por un poco de amor que no sabía muy bien, como pedir. Tu temperatura aumentaba y eso me enloquecía más, porque me indicaba que aquello te gustaba, porque calmaba mis inseguridades. Me pedías con balbuceos que te penetrara y mi verga a punto de estallar bajo mis pantalones también rogaba por ello, pero yo quería que llegaras al clímax con mi lengua, que empaparas mi cara con tu venida. Para eso faltaba poco. Te clavé los dientes y el momento llegó. Un fuerte gritó me lo anunció.

Me tomé hasta la última gota de tu corrida y entonces me incorporé. Saqué mi falo de su prisión. Coloqué la punta a la entrada de tu cueva y empujé con la misma violencia de actos anteriores. Tus uñas se clavaron en mi espalda y tus dientes en mi hombro. El dolor que te causó el grosor de mi instrumento fue muy grande, pero no me importó. Arremetí con todas mis energías desde el principio. Así me lo pedía el placer que me transmitía tu estrecha y tibia vagina, presionando con sus paredes mi hinchado miembro. Supe en el momento que entraba y salía de tu cuerpo, que nada de lo que antes había vivido se comparaba a ello. Nadie podía decir haberlo experimentado todo, sin antes haberte tenido, porque esa magia que observé en tus ojos rosas, era apenas una pequeña muestra de todo tu potencial. En cuanto te atravesé con mi verga, todo lo demás dejó de importar, mi mente se llenó de tu olor y tu nombre. Mi felicidad se completó, cuando tus gritos cesaron y se transformaron en jadeos. Cuando el dolor te liberó. Fue entonces que no me detuve. Te cabalgué como a la más salvaje de las yeguas, sintiendo como a segundo mi satisfacción, se volvía más y más grande. Te apreté con fuerza contra mi pecho. Me dijiste “te amo”. Exploté dentro de ti e instantes después lo hiciste conmigo dentro. Todo se había terminado. Era el mismo otra vez.

Te regalé mi abrigo, para que cubrieras los hoyos de tu vestido. Te supliqué te marcharas antes de que, en un momento de egoísmo, te robara algo más que un orgasmo. Me miraste a los ojos y no viste nada, ni siquiera el amor que sentía por ti, porque tal ves ese ni era real, no siendo lo que era yo. Pensé te asustarías y saldrías corriendo, pero no. Te acercaste a mi oído y me susurraste: “Te espero mañana en este mismo lugar. Mañana seré tuya para siempre”. Me quedé petrificado con tus palabras. Diste media vuelta y emprendiste tu camino, sin poder yo decirte al menos adiós. Permanecí un buen rato ahí parado, pensando en lo que me habías dicho. Trataba de convencerme de que en verdad habías aceptado pasar toda tu vida conmigo, sabiendo lo que había dentro de mí, habiendo visto a través de mis ojos mi vacío y soledad, pero me costaba mucho trabajo. No podía creer que alguien tan bello como lo eras tú, quisiera condenar su existencia a una muerte eterna, llena más de sufrimientos que de gozos. Fue difícil, pero lo logré. Me marché hacia la posada sintiéndome como hace mucho no lo hacía, feliz. Me desperté varias veces, por el temor de soñarte entre llamas. La alegría me cegó. Creí que esas imágenes eran a causa de mis miedos. Podría haberte salvado si hubiera sabido que eran un aviso, pero no. Mi amor firmó su sentencia de muerte. Lo siento en verdad.

Cuando la noche siguiente me dirigía a aquel callejón testigo de nuestra entrega, una gran multitud en la plaza principal llamó mi atención. “Van a quemar a una bruja”, decían algunos asombrados pueblerinos. “Por hereje”, complementaban otros. Sabía que de hacerlo llegaría tarde a la cita, pero no pude evitar detenerme. Quería ver quien era la desafortunada. Tenía la curiosidad de saber quien era la mujer, que habiendo rechazado las indecorosas propuestas de un amigo cercano de los inquisidores, se había condenado a morir en la hoguera. Cuando llegué hasta el lugar donde sería la ejecución, los pocos restos de vida que me quedaban, se esfumaron. La desdichada mujer que moriría por su supuesta herejía, eras tú, mi Camila, la que le devolvería un poco de sentido a mi eterno peregrinar. Me descubriste entre el bullicio y me miraste con tus grandes e hipnotizantes ojos rosas. Adivinaste mis intenciones y me pediste que no lo hiciera. Me dijiste que podrías soportar morir quemada por una injusticia, pero no el saber que yo también dejaría éste mundo. No pude negarme a complacerte. Las llamas poco a poco te fueron consumiendo. El brillo de tus ojos se perdió entre el rojo del fuego, llevándose cualquier pizca de bondad en mí. Y junto con ellos, murió la parte humana que aún se escondía en mi cuerpo.

Asesiné a todos los presentes, tratando de calmar el asfixiante dolor de tu partida. Corté el cuello de docenas de personas y me bebí toda su sangre, intentando devolverme las ganas de seguir, pero nada. Cada que veía como se apagaba la luz de alguien más, más miserable me sentía. Tu cuerpo calcinado, continuaba atado a mitad de la plaza; y tus ojos rosas no volvían, ni acabando con la existencia de los más lindos infantes. Ese deseo de atravesar mi corazón con una daga, con la misma que desprendí tantas cabezas aquella noche, volvió a aparecer. Me paré encima de la montaña de cadáveres. Miré al cielo. Levanté el cuchillo a nivel de mi pecho y, cuando estaba por atravesarme con él, una idea llegó a mi mente, enviada por ti, mi dulce niña. La nueva razón por la que seguiría caminando entre las oscuridad, sería la de encontrar el cuerpo en el que reencarnó el alma de mi amada, tu alma. Me marché de ese lugar, dejando miles de vidas a mi paso, y comencé un viaje distinto, uno en el que me detendría donde brillaran nuevamente tus ojos. Busqué y busqué por caso quinientos años sin hallar más que penas. Las fuerzas me dejaban de nuevo y no aparecías. No hasta que te encontré en éste bar. No hasta que me miraron tus grandes e hipnotizantes ojos rosas, y supe que detrás de toda tu modernidad, estabas tú, mi Camila.”

Carolina estaba como petrificada por la historia. No sabía si era que él tenía una personalidad en verdad arrolladora, sus ganas reprimidas, lo enfadada que estaba con su novio o ese relato tan lleno de, lo que ella pensó que eran, mentiras, pero no había en su cabeza otro pensamiento, que no fuera el tener sexo con ese extraño y vivir para siempre juntos. Obedeciendo a sus impulsos, lo tomó de la mano y se dirigieron al baño. Se cercioró de que estuviera vacío y entraron, para comenzar a besarse apasionadamente. Estaba lo suficientemente excitada, no necesitaba algo previo a la penetración. Se quitó la falda y las bragas y a él le desabrochó el pantalón. Sacó su ya erecto miembro y lo invitó a atravesarle con él. Comenzaron un desenfrenado mete y saca que pronto los llevó a ambos al orgasmo. Cuando esto sucedió, el misterioso hombre abrió la boca y encajó sus colmillos en el cuello de su amante. Se bebió la sangre de la mujer y le dio a probar la suya a ella. Carolina sintió que la vida la abandonaba para apoderarse de ella una extraña sensación de vacío. Ya no se llamaba más así, a partir de entonces sería Camila, la compañera de ese hombre misterioso, que en un arranque de egoísmo provocado por tantos años de soledad, la convirtió en una de los suyos.

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